Mi historia de lectura

15 Oct

Aquellos primeros años

La lectura tiene edades distintas y una historia que nunca es común. Cada uno de nosotros ha tenido una experiencia única e irrepetible con los textos impresos, ya sea para acercarse a ellos o alejarse todo lo posible. Nuestras particulares historias de lectura nos acercan al mundo de una forma distinta que vale la pena compartir para enseñar y aprender facilitando procesos de comprensión.

Mi historia de lectura fue maravillosa y terrible, por decirlo de alguna manera, maravillosa porque siempre tuve un cuento cada día que traía mi padre al llegar a casa, y yo devoraba para luego pintar con lápices de colores toda imagen que pudiera retocar. Fue terrible porque era el único barco navegando en el naufragio de mi escuela formal. Puedo decir sin temor a equivocarme o exagerar, que fui la peor alumna que un profesor podría tener en la escuela. Sobre cada libro de texto siempre hubo un cuento o un cómic y jamás las tablas de multiplicar que había que aprender repitiendo mil veces por cuarenta cinco minutos.

La lectura fue el puerto de mi educación disfuncional y me elevó por los aires hasta que decidí despertar a los quince años y asimilarme al sistema en los tres últimos cursos del bachillerato; una vez más gracias a mi padre.

Lo vi llorar por primera vez en mi vida cuando perdí finalmente el cuarto curso de secundaria y no pudo ocultar su desazón y temores respecto a mi destino. Imaginó que habría que mantenerme de por vida porque venía arrastrando mi ignorancia desde primer grado.

Pero yo leía y escribía. Ponía en el papel con mi propia letra cuentos asombrosos llenos de dioses y de héroes como los que había descubierto en la Ilíada y en la Odisea;  sabía lo que era una secuencia por haberla visto en las instrucciones de la Mecánica Popular o en las recetas de Cristy. Todo en mi vida era lectura y escritura, fue lo que me salvó.

Mi mal de escuela lo curó una buena maestra de literatura que sigue siendo muy querida amiga mía hasta el día de hoy. Me puso a escribir, me ayudó a encontrar mi propio método para editar, para publicar, para comunicar.

Lo demás ocurrió como consecuencia.

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