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No enseñes a leer con el deletreo

26 May

Te invito a pensar en el sentido de las palabras, en su magia que se aprende a través de los códigos que la humanidad descubrió hace milenios. Pensemos por ejemplo en los egipcios. Ninguno de ellos leía decodificando signos, sino de manera global. Cuando decimos ma, me, mi, mo, mu, no hay sentido ni razón en lo que aprendemos. Este método  silábico irrumpió en las escuelas hace dos siglos y aún hoy escuchamos niños repitiendo planas sin significado.

Sabemos que muchos niños pueden leer las oraciones del libro de texto, ese instrumento sagrado educativo que repite fórmulas absurdas. Gue-gui, pra-pre-pri, na-ne-ni. La nena prepara un guisado… Muchos de estos niños serán analfabetos funcionales, es decir expertos en descodificar y en responder exámenes de lenguaje. Si son muy inteligentes aprenderán las fórmulas para obtener buenas notas, pero en la vida, no podrán descubrir la utilidad ni la belleza de un libro leído por placer enamorado.

El mejor método, si hay alguno, es la paciencia y muchas historias de sueños y aventuras, de temores y esperanzas, que abrirán posibilidades. A partir de los textos favoritos se abre la descodificación por sílabas, no a la inversa.

El método global, sin embargo, tampoco engancha a nadie con frases relamidas. Solo la lectura auténtica nos ayudará a aprender y a enseñar.

 

Su libro favorito: un tesoro por descubrir

23 May

A la hora de empezar a leer, hay que permitir que los niños y las niñas se fascinen por la magia de las palabras, los cuentos más variados, las lecturas que causen placer y, las letras grandes, los dibujos hermosos y las tramas más diversas. En algún momento la atención, el desconcierto, la imagen de lo absurdo o maravilloso irrumpirá de la lectura y cada uno y una pedirá una y otra vez ese libro mágico que puede ser cada vez mejor contado y repetido incesantemente.

Este es el terreno arado y preparado para que la mente asocie las palabras favoritas, los conceptos favoritos, las imágenes, en los bits de nuevas conexiones neuronales. Cada vez que se asocia una palabra a una imagen y a una idea, se multiplican por millones y se abren nuevas posibilidades de hacer nuevas conexiones.

Gabriela fue siempre mi conejillo de indias en eso de leer y tuve la suerte de encontrar ese tesoro a sus cinco años en la historia de un osito que buscaba la casa para su mejor amigo y decidió dibujarla. El amigo del osito nunca consiguió acomodarse. Las palabras y las imágenes fluían sin cesar y dibujábamos camas para Horacio, así se llamaba el amigo. Cada noche volvíamos a leer el mismo cuento, luego de alguno que otro…

Gabriela empezó a reconocer palabras y a imaginar leerlas hasta que lo hizo de veras, gracias a este primer libro favorito que hasta ahora recordamos.

La cama de Horacio

 

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Mal de escuela, Daniel Pennac

22 Oct

Mal de escuela, Daniel Pennac

Este libro narra la historia del novelista francés Daniel Pennac que padeció el Mal de escuela y ha vivido para contarlo. Otras historias similares muestran que los niños y niñas sobrevivientes a la mala práctica escolar pueden ser más creativos, flexibles e intuitivos que otros. Es es el caso del autor de este libro, a disposición de todos en el link adjunto.

Mal de escuela - Daniel Pennac

Mi historia de lectura

15 Oct

Aquellos primeros años

La lectura tiene edades distintas y una historia que nunca es común. Cada uno de nosotros ha tenido una experiencia única e irrepetible con los textos impresos, ya sea para acercarse a ellos o alejarse todo lo posible. Nuestras particulares historias de lectura nos acercan al mundo de una forma distinta que vale la pena compartir para enseñar y aprender facilitando procesos de comprensión.

Mi historia de lectura fue maravillosa y terrible, por decirlo de alguna manera, maravillosa porque siempre tuve un cuento cada día que traía mi padre al llegar a casa, y yo devoraba para luego pintar con lápices de colores toda imagen que pudiera retocar. Fue terrible porque era el único barco navegando en el naufragio de mi escuela formal. Puedo decir sin temor a equivocarme o exagerar, que fui la peor alumna que un profesor podría tener en la escuela. Sobre cada libro de texto siempre hubo un cuento o un cómic y jamás las tablas de multiplicar que había que aprender repitiendo mil veces por cuarenta cinco minutos.

La lectura fue el puerto de mi educación disfuncional y me elevó por los aires hasta que decidí despertar a los quince años y asimilarme al sistema en los tres últimos cursos del bachillerato; una vez más gracias a mi padre.

Lo vi llorar por primera vez en mi vida cuando perdí finalmente el cuarto curso de secundaria y no pudo ocultar su desazón y temores respecto a mi destino. Imaginó que habría que mantenerme de por vida porque venía arrastrando mi ignorancia desde primer grado.

Pero yo leía y escribía. Ponía en el papel con mi propia letra cuentos asombrosos llenos de dioses y de héroes como los que había descubierto en la Ilíada y en la Odisea;  sabía lo que era una secuencia por haberla visto en las instrucciones de la Mecánica Popular o en las recetas de Cristy. Todo en mi vida era lectura y escritura, fue lo que me salvó.

Mi mal de escuela lo curó una buena maestra de literatura que sigue siendo muy querida amiga mía hasta el día de hoy. Me puso a escribir, me ayudó a encontrar mi propio método para editar, para publicar, para comunicar.

Lo demás ocurrió como consecuencia.

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